De huérfanos y excluídos (o el fracaso del federalismo)

De huérfanos y excluídos (o el fracaso del federalismo)

En la Diada Nacional de Catalunya de 2014 los ciudadanos y las ciudadanas estábamos convocados a secundar dos concentraciones. Por un lado la que impulsaba Sociedad Civil Catalana y por el otro la V de Diagonal y Gran Vía que organizaban conjuntamente la Assemblea Nacional Catalana y Omnium Cultural. Me ahorraré valoraciones quantitativas que las imagenes explican por sí solas. Tampoco voy a aprovechar la oportunidad para explicar las diferencias entre unos que se resisten a ser llamados a las urnas amparándose en una interpretación de la Constitución y otros que aspiran a que su proyecto independentista prevalezca con la legitimidad de las urnas. Todo eso ya está claro, muy claro.

Prefiero en esta primera ocasión en que dedico un post de mi blog al proceso político y social que estamos viviendo en Catalunya, dedicar la reflexión a ese nuevo discurso que aflora con cierta fuerza y que protagonizan aquellos que se han sentido excluídos de ambas manifestaciones. Explican que se sienten tan alejados de las ‘estel·ladas’ que ayer inundaban las dos principales arterias barcelonesas como del tufo a inmovilismo que se reunió en Tarragona para defender legítimamente la unidad de España.

Estos ‘excluídos’, algunos de ellos y ellas amigos míos de toda la vída -como suele decirse- no se sienten cómodos manifestándose detrás de banderas nacionales ni tampoco de símbolos separatistas. No entienden que representen ningún avance en términos de libertad, incluso pueden representar o lo hacen efectivamente, una supina distracción en  relación a lo verdaderamente importante que es la defensa de los derechos sociales. Atrás queda aquello de que en Catalunya los derechos sociales y los nacionales han sido siempre las dos caras de una misma manera. Al menos eso pensábamos desde la izquierda política y social. A lo mejor sólo era un discurso pero sin convicción en el fondo. En definitiva, esta ‘guerra’ les ha cogido casi de improviso y con un buen montón de contradicciones racionales y emocionales. Pero en el fondo, son gente de muy buena fe que lo único que intentan es que no naufrague para siempre el histórico, loable y quizá ingenuo proyecto federalista para España.

Algunos de los que se autoproclaman ‘excluídos’ no tienen tan buena fe. Perdónenme. Y me refiero a los que verdaderamente encuentran un buen rédito en el discurso del enfretamiento. Los que se amparan en una interpretación reduccionista de la legalidad vigente para evitar que una sociedad, la catalana, decida democráticamente su futuro. Pero estos no me interesan tanto. Sencillamente no creo que se sientan verdaderamente excluídos. Peor aún, estoy convencido que están especialmente interesados en demostrar que en Catalunya hay enfrentamiento civil tal y como maldijo el tétrico José María Aznar. Y aunque es verdad que el país está dividido, la realidad es que no está enfrentado. Cómo no lo está España cuando se divide electoralmente entre la izquierda y la derecha política.

Pero vuelvo a los ‘excluídos’ por federalistas. Creo y lo digo con el máximo respeto que se sienten así más por huérfanos que por apartados. No tienen nadie que les convoque en nombre y en defensa de sus convicciones. Se han quedado sin proyecto, al menos en el terreno político. El Estado español y sus sucesivos gobiernos del PSOE y del PP se han encargado de arruinar sus aspiraciones. Cada uno de esos partidos a su manera y con sus propios manuales de estilo, han ido  frustrando todos y cada unos de los intentos de encontrar un encaje justo para Catalunya en España. Primero ganando tiempo con el café para todos en forma de estado autonómico y después avivando el anticatalanismo con intereses electoralistas, por cierto súmamente rentables. El ejemplo sustancial de todo esto sin duda fue el tortuoso proceso de debate, aprobación y vómito del Estatut de Catalunya, con actuación estelar del Tribunal Constitucional. En España las cuestiones que tienen que ver con la identidad nacional son patrimonio de la derecha. Mejor dicho de la ultra derecha que se erige en albacea de la unidad pátria, de lo atado y bien atado. Y en eso, le tiene la moral absolutamente comida a la izquierda estatal o nacional que es incapaz de construir un modelo alternativo al de la derecha.

Pero el problema no es ni ese. Al fin y al cabo tienen todo el derecho a decidir qué tipo de país quieren. El problema es que el único partido político esencialmente federalista que existe en España, es catalán y se llama PSC (PSC-PSOE). Y cuándo tuvo en su mano convertirse en un verdadero ariete federal plantando cara a partes iguales al PSOE y a la izquierda independentista, va y no comparece, atenazado por los intereses electorales o las estrecheces políticas del PSOE.  Así, de un plumazo los federalistas se quedan sin instrumente efectivo, sin proyecto para el encaje territorial de Catalunya en España y por tanto sin función. Un desastre que ha dejado huérfanos a miles y miles de ciudadanos y ciudadanas que se encuentran muy lejos de la uniformidad rancia e imposble que nos ofrecen los centralistas, unionistas o como quieran llamarse y por otra parte se resisten con lo que pueden, a los que escriben V masivas en Barcelona, aunque sepan que lo que les ha hecho crecer y multiplicarse es la máquina de hacer independentistas que tienen instalada y funcionando a todo trapo en las sedes ministeriales de Madrid.

Se han quedado huérfanos, pero no excluídos. Tanto que prefieren arriesgar y no defender demasiado explícitamente la consulta antes que pasar por un nacionalista insolidario, irracional y de paso burgués. Y por eso se enrocan pidiendo un acuerdo necesario pero  al parecer imposible entre el gobierno del España, el PSOE y el PP con el govern de la Generalitat para que la consulta se convoque con todas las garanbtías.  Saben que es la única manera de ganar tiempo y no tener que decidir, a la espera de que las cosas se arreglen solas, baje el souffle, la crisis se evapore o los catalanes nos cansemos.

Les pido a estos amigos míos, federalistas de buena fe como lo fuí yo mismo durante 25 años, que con confundan sentirse excluídos de las convocatorias con la triste constatación para que no tienen quién les convoque. Una pena que comparto y hago mía. Porque sigo convencido de que si el Estado hubiera querido, nos pdríamos haber ahorrado mucho trabajo y todavías más desencuentros.

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