No era un plátano, era un boomerang

No era un plátano, era un boomerang

Me río sólo de pensar en la cara de idiota que se le habrá quedado al pamplinas que le tiró el plátano a Alves. Me lo imagino preparando su plan durante toda la semana. Seguro que lo tenía todo calculado con verdadera minuciosidad. Primero fue encontrar un buen plátano, no uno cualquiera. Uno de los de canarias, contundente. A la altura de la proeza que se disponía a realizar. No podía dejar nada al azar, así que calculó concienzudamente la manera de introducir la banana en el estadio. No iba a ser fácil, ni mucho menos. Un plátano puede ser muy llamativo entre tanto bocata de tortilla, tanta naranja valenciana y tantas  bolsas de patatas fritas. Por eso lo envolvió en un trozo grande de papel de plata -no había que reparar en gastos- para que a base de darle vueltas y más vueltas, perdiera su inconfundible y erótica figura. Lo introdujo en una bolsa del Mercadona, acompañado de unos yogures Hacendado, un bocata de choped y dos servilletas de papel con ribetes verdes. Compraría la bebida en el campo. Hasta un minuto antes de su heróico acto, tenía que ser un respetable, decente y honrado hooligan más.

Aunque su corazón se aceleró taquicárdico justo cuando traspasaba los controles de seguridad, supo mantener la calma.  Nadie se percató de la temblorosa gota de sudor frío que en ese instante le recorrió la sien y que habría revelado su sospechosa condición ante cualquier ‘segurata’ mínimamente profesional. Pero nadie se dió cuenta, así que tomo posición en su asiento cercano al córner a la espera que el partido diera comienzo. Saludó a sus compañeros de grada, los conocía de toda la vida. Y mientras se estrechaban la mano, deseándose mútuamente la victoria, su ingeniosa mente imaginaba el momento en que su víctima se acercaría lo suficiente para ejectuar su plan. Y lo mejor, se iba a descojonar después con los amigotes explicando su hazaña. Lo mismo que cuando le ponía los cuernos a la parienta. ¿Qué gracia tenía hacerlo si no podía compartir con sus amigos que había echado otra cana al aire? Y de paso meterle algo de relleno a la historia, para hacerla más divertida. Igual que cuándo se rellenaba con kleenex los calzoncillos. Para hacerla más divertida. Bueno, simplemente para hacerla más.

Pasaban los minutos y la víctima no se ponía a tiro de su banana. Había liberado su fálica fruta del plateado precinto y la mantenía presa en su sudorosa mano. Estaba tan excitado que no pudo dar ni un mordisco al bocadillo de choped. De los nervios, uno de los yogures se le descargó en la entrepierna así que empleó una de las servilletas en la limpieza del pantalón. Empezada a notar la mirada extrañada de sus compañeros de localidad, que no entendían por qué razón no se comía de una vez el jodido plátano. Si tardaban demasiado los astros en alinearse,  la fruta habría perdido su rotunda personalidad y nadie ni el propio jugador, habrían entendido la sutileza de su acción. Sería un fracaso indigno de un Maquiavelo como él.

Y la ocasión llegó. El árbitro pitó corner y el jugador blaugrana encaminó sus pasos hacia el ángulo del campo. Nuestro héroe apretó el plátano y lo lanzó con puntería al paso del brasileño. Satisfecho, expectante y con una erección de campeonato, convocó con su acto a las masas para que al reclamo platanero corearan un cósmico ´mono´que desconcentrara a Dani Alves, en su condición de oscuro de piel.  Pero no fue así. El jugador, con una naturalidad despampanante, lo recogió, lo peló y le dió un buen mordisco antes de arrojarlo fuera del terreno de juego. Ni siquiera el línea tuvo tiempo de reaccionar. Tan sólo pudodecirle al árbitro a través del intercom que el jugador se había administrado una improvisada merienda  esponsorizada por algún espectador que debió pensar que un poco de potasio extra le iría de fábula al lateral culé.

Ni satisfacción ni expectación. Ni coros simiescos. Y de la erección mejor ni hablar. El plátano se había convertido en un boomerang que volvía con toda la misma mala leche con la que había sido lanzado. Sentado, derrotado y manchado de yogur, el respetable hooligan se sentía como el Coyote, burlado por el Correcaminos. Por culpa de un plátano marca ACME se estaba precipitando por un terraplén de vergüenza, desprecio y rechazo que culimnaría con su expulsión de por vida como socio del Villarreal.

Y es que todo el mundo sabe que los plátanos, a parte de estar muy buenos, los carga el diablo.

Post Data:

¿Cúánto habría cobrado una agencia de publicidad por idear una campaña contra el racismo como la que se ha sacado de la manga el jugador? No lo sé. Lo que si sé es que las mejores ideas están ahí, en lo cotidiano. En un gesto auténtico y alejado de postureos, sofisticaciones y sobreactuaciones. Gracias Dani Alves por haber convertido un plátano de ignorancia en un boomerang de inteligencia.

Ah! y no comáis yogur con un plátano en la mano. Es peligroso.

 

 

Compartir és guanyar!