El Toro de la Vega ha muerto

El Toro de la Vega ha muerto

El Toro de la Vega ha muerto. Y no me refiero al astado de nombre Elegido que este año ha servido de macabra diversión para los centauros de la ignorancia, la caspa y  la roña en la localidad vallisoletana de Tordesillas. Digo que el Toro de la Vega ha muerto, porque aunque los brabucones defensores de esa supuesta tradición cultural elevada al grado de interés turístico desde el año 1980 no lo quieran o no lo sepan ver embriagados de vino y la sangre del pobre animal, la verdad es que su fiesta ha empezado a aguarse. El mérito sólo es atribuible a los defensores de la causa animalista, que en el día ade autos se han presentado en el lugar de crimen para poner un poquito de esa dignidad que a veces nos reconcilia con nuestra condición de seres humanos. Esa que tenemos tendencia a perder con demasiada frecuencia.

Cientos de animalistas llegados de todas parte de la piel de Toro y algunos incluso de otras latitudes, se han dado cita en Tordesillas para denunciar la barbarie que iban a perpetrar aquellos que a estas horas deben inundar tascas y mesones alabando la hazaña del campeón que remató al cornúpeta después de recibir heridas por valor de mil lanzadas. Nos han dado una lección y lo más importante, en lo tiempos que corren, con su actuación y sus videodenuncias han elevado el sacrificio a la categoría de escándalo internacional. Menudo favor a la marca España asistir al asesinato de un animal acorralado, al de los energúmenos del pueblo apedrear a los defensores de la vida del toro y comprobar el esmero de una policía que desampara a los manifestantes ante los brutales arreones de una turba dispuesta a matar el toro tanto como a derribar al que  les afee su tétrico festejo.

Aun no lo saben porque en su obcecación, han contabilizado mal su victoria de hoy. Seguro que entre cantos y cañas estarán rememorando lanzadas y pedradas. Seguro que como machos aún por datar en Atapuerca, estaran celebrando la derrota de los animalistas ahuyentados del pueblo a base de mucha fuerza bruta y nada de inteligencia. Y seguro que en su euforia son absolutamente ajenos al tsunami de indignación que ya ha empezado a crecer entre la opinión pública española e internacional. Como el mar cuando se retira anunciando la ola gigante, los animalistas se han retirado para volver convertidos en un gigantesco maremoto que más pronto que tarde borrará del mapa esta salvajada que cada año nos avergüenza en Tordesillas. Las dudosas proezas que se expliquen hoy mañana serán estigma para el sonrojo de propios y ajenos. Algún día no muy lejano, un padre le explicará a sus hijos en Tordesillas las barbaridades que hacían sus ancestros en nombre de la cultura, y cómo su digno pueblo se deshizo de ellas por voluntad propia y algo de ayuda forastera. Eso ocurrirá junto al monumento al toro caído que presidirá una preciosa plaza de Tordesillas.

Elegido, descansa en paz.

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