El sofá granate del Rey

El sofá granate del Rey

Me ha llamado mucho la atención el sofá de dos plazas que acompañó al Rey en su primera alocución navideña desde que sucedió a su padre. Destacaba en la estancia con tapicería granatosa para disputarle en alguna ocasión el protagonismo. Empequeñecido y mejor iluminado que el de su predecedor, el despacho no dejó de trasmitir un cierto aroma a naftalina, a pretérito pluscuamperfecto y a ñoño a base de retratos familiares. Pero ahí, justo ahí estaba ese sofá.Una presencia. Como esperando a alguien. Vacío pero lleno con la interrogación del hueco que no se ha llenado. Tan nuevo que hasta los cojines se levantaban sospechósamente, delatando quizá un bulto oculto entre la espuma y la madera de su estructura. dejando claro, por lo menos, que si lo del bulto escondido no ha lugar, lo que ocurre es que no ha habido posadera que haya calentado el mueble en una conversación de Estado, que de esas en los tiempos que corren hay  hasta demasiadas.

Me esperaba al Rey detrás de una moderna mesa de Ikea, de nombre impronunciable, con una butaca de ruedas y un flexo de diseño. Pero habría sido un exceso de modernez y un proceder desdeñoso con la maltrecha industria del mueble en España. Mejor mostrar austeridad y pequeñez. Estrechez más bien. España es como ese despacho, más que unida pequeña. Así se está quedando. Pero por muy en los huesos que esté, siempre hay un sofá que ocupa su sitio y el de los demás. Alguien siempre come de más porque muchos comen de menos. Como lo demuestra el sofá de dos plazas donde caben perfectamente tres y cuatro si se aprietan. Custodiado por sendas lámparas, de pantalla crema, el sofá no preside pero influye. Y tanto…

Ahí, pegadito a Felipe VI y a su aparentemente jovial cruce de piernas. Y abocado a una mesita baja donde dejar los cafés de mientras. Los pies no, que sería demasiado doméstico y aún no nos tenemos tanta confianza.  Ese sofá granate, nuevo y vacío, sobretodo vacío, es como los poderes fácticos de la nación, se hacen notar. Como la cansina casta, ocupa más que todo lo demás en un gesto de poder y ostentación tan típico y esteril como ese silencioso sofa que escoltó las palabras del nuevo monarca español. Como un alto funcionario del Estado, levantó acta del histórico momento y con su presencia se convirtió en fedatario de lo acontencido. No sé, alguna función tendría para ocupar ese destacado lugar tan cerca de la más alta dignidad del Estado. ¿Será su asesor? Algunos que conozco son menos útiles que ese real asiento.

Con el tiempo se sabrá.

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